Ese 1985…, ¡hace 30 años!.

Hínquense y recen…

La puerta de la escuela se cerraba en punto de las 7:20 AM, 3 minutos antes, me encaminaba con mis hermanos como de costumbre a la secu cuando de la casa que pasamos sale alocada la vecina gritando “está temblando, está temblando”, abracé al Beto y la Paty se pegó a la pared de la casa de la loca.

Cálmete Silvia, cálmate, gritó mi madre, que nos alcanzó con hermana pequeña en mano a los 2 segundos de haberla despedido en la puerta, todo crujía horrible, la banqueta, las paredes, los árboles, todo.

El piso de la acera se levantaba y la gritona señora advertía “es el fin del mundo, es el fin”, ella exageraba pero juro que si parecía el final, perros ladrando, bardas ondeando, todo mundo corriendo y el muro de la secundaria cayendo.

Jana nos apretó en sus brazos a todos y nos dijo, “hínquense y recen hijos…”, así lo hicimos. La gritona, al lado también hincada.

Acababan de hacer el puente peatonal en el también recién inaugurado eje vial de la avenida Santa Ana y observábamos sin poder hacer nada, desde abajo, como una chamaca, 11 o 12 años, rebotaba de un lado a otro a mitad de camino. Se salvó.

No sé cuánto tiempo haya durado esa sensación telúrica, no se, no recuerdo, pero pareciera que jamás terminaría, que se abriría la tierra o simplemente te aplastaría la marquesina naranja de la vecina.

De repente todo se silenció, absolutamente todo, nos veíamos unos a otros, nos levantábamos poco a poco del piso… ¿qué pasó?, qué caramba había pasado…

Por la radio, única fuente de información, nos comenzábamos a enterar de la gravedad causada por el temblor, ¿cuál temblor? Se trataba de, según el locutor, de un terremoto de 7 punto y algo en la escala de, no entendía de quién la escala.

8.1 grados, aunque otros le suman decimales y otros más le quitan pero para mí se trató de la peor desgracia que pude sentir y comenzar a ver a mis 14 años de edad.

Mi padre desesperado por no saber nada de su familia, -la de mi madre ya todos se habían reportado-; decidió emprender el viaje para llegar al punto donde todos los noticieros tenían puesta su lente, el centro histórico.

No había transporte público así que la única manera de llegar con la abuela era caminando, así lo hicimos.

Nos chutamos algo así como 12 o 13 kilómetros de Taxqueña a la Colonia Obrera, a mi abuela le encantaba darles de desayunar y comer a todas las costureras de las fábricas textiles de Lucas Alamán, todas esas textileras se derrumbaron, lo peor, con las costuras del primer turno adentro. Eso lo supimos al llegar.

Eran como las 12 del medio día y al cruzar el puente de Calzada de Tlalpan se observaba el hotel Montreal de pie, chueco pero de pie, más los dos edificios contiguos destrozados. Polvo gris por todos lados y un tren del metro parado, completamente entalcado (de talco) antintos de llegar a General Anaya, dirección sur.

Cadenas humanas se veían traslado cuerpos, tabiques y varillas retorcidas, mi padre dijo, “yo creo que mejor nos regresamos, esto está muy feo, que dicen…”.

“Ya estamos aquí si nos vamos por la orilla no nos va a pasar nada, vamos pa”, mi aventado carnalito envalentonó a mi padre, en tanto a mi y mis temblorosas piernas, y estomago revuelto, no nos quedó más remedio que secundarlos.

Dos construcciones en el camino se vinieron abajo a nuestro paso, un hotel no recuerdo el nombre y la fábrica de ropa Zaga, en la segunda mi padre dijo, “quédense aquí”, era una esquina por chabacano y corrió a ayudar a quienes intentaban sacar un cuerpo de entre los fierros caídos de otra torre de escombros.

Mi hermano y yo, nos pegamos a una fila de gente que pasaba cubetas con escombros pero no las aguantábamos, por lo que una persona nos dijo mejor pásense a la fila 4 está allá, es la que pasaba piedras, no señaló y ahí los 3 ayudamos a pasar rocas más o menos grandes.

Yo no sé si ellos (el Beto y mi padre) lo vieron y no dijeron nada, pero conforme sacábamos rocas había otro grupo que pasaba partes de cuerpos, manos, piernas o no se, pero las envolvían en trapos y las ponían en una carretilla. Eso se queda en la mente para nunca más irse.

El apoyo era por tiempos, 10 minutos cargabas y otros 10 descansabas y seguía otro grupo de… hermanos, de carnales, de mai’s, de compadres, así nos hablamos, tú para´llá manito…, compa, de este lado; carnal súbete ahí, y así…, como obreros de una gran empresa con años de trabajo conjunto, así.

Solo nos permitió 3 turnos mi padre, de verdad que era impresionante todo lo que acontecía, no lo creías, no entendías en ese momento la satisfacción en los más aventados al encontrar una persona con vida, hoy a 30 años y remembrar todo ello, haces conciencia.

A lo mejor, me he sentado hoy en día, en algún lugar, en la misma mesa que alguno de los que lograron salir vivos justo cuando ayudaba a quitar esa piedra, a lo mejor.

6:00 PM y comenzaba a obscurecer por la falta de luz eléctrica, nos encaminábamos rumbo a la abuela, vi a mi padre llorar, no dije nada, vi a mi hermano abrazarlo, hice como que no vi.

Seguimos avanzando, y mi padre nos introducía en lo que probablemente nos encontraríamos al llegar a nuestro destino.

Como un presentimiento de saberse igual que quienes lloraban y lloraban y no dejaban de llorar durante todo el camino al perder a sus seres amados. Así supongo el de mi padre.

Por fortuna, no exagero pregúntenle a él, uno de los pocos edificios que se salvaron había sido el de mis abuelos, ufff, que alivio, las caras de emoción y de alegría de mi padre y mi hermano no las puedo describir, pero también estarán tatuadas en mi.

Mis abuelos parcos, serios, firmes como era su costumbre al vernos se notó una disimulada alegría, nos reciben con su ya esperado “quiubo mis pekos chulos”, que significa: hola mis viejos chulos. Sí que nos dio gusto verlos y comenzamos a narrarles nuestra hazaña solidaria, éramos unos héroes y así lo contábamos, ellos solo asentían todo.

Unos 30 minutos después de las 7 PM, mi padre dijo, ya los vi, ya estoy tranquilo ya nos vamos. Traíamos en la panza solo una torta que había repartido una familia donde participamos en la sacadera de escombro y un Frutsi.

De regreso otro estruendo por ahí de San Antonio, otro edificio abajo.

Se comenzaba a regularizar el servicio de Teléfonos Públicos, en una caseta avisamos a Jana que ya íbamos de regreso, dice que le devolvimos el alma.

El hotel Montreal ya estaba caído…

Cuando llegamos a casa, mi padre se abrazo de mi madre y ambos lloraron, yo… también.

Esa noche nadie durmió, seguía temblando.

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